Noticias | 29 abril, 2020

Territorios urbanos y pandemia: necesidad de la crítica

Por Manuel Dammert Guardia

-Investigador Cisepa-

El proceso de urbanización en América Latina durante el siglo XX tuvo -pese a diferencias entre países- tres rasgos centrales: informalidad y precariedad de la vivienda, urbanización inversa (del suelo a la ciudad) y un tipo de consolidación de la estructura y condiciones urbanas organizada (con énfasis en las últimas décadas) por la mercantilización y la asimetría en la relación entre actores sociales, públicos y privados. Es decir, problemas estructurales del modo de producción del espacio urbano que afectan la calidad de vida de los residentes, y configuran un régimen de múltiples desigualdades urbanas. En algún punto, o quizás desde siempre, los debates urbanos asumieron el acceso a la vivienda como un asunto privado y las políticas de vivienda como una política económica. La política social urbana en muchos casos se asumió como la mejora parcial de ciertas áreas de acceso público, o la apuesta por los gobiernos locales o la participación. En tantos casos, la fragmentación urbana se impuso no solo como modelo de ciudad, sino como estrategia de intervención pública (y privada). Y así, una y otra se reforzaron.

La pandemia y las medidas implementadas por casi todos los gobiernos en la región han visibilizado los regímenes de desigualdad de nuestras sociedades. Frente a la incertidumbre es irresponsable elaborar predicciones. Sobre todo, dejarse llevar por creer en un futuro lleno de solidaridad, como una versión actualizada de la idealización de los sectores urbanos populares hace cuatro décadas (un J. Turner renovado y sin análisis), o seguir repitiendo la importancia de la empresa privada (con un distante papel del Estado) como principal solución (¿estamos en los ochentas o noventas del siglo pasado?). Lo único que quizás es cierto, es que se profundizarán inequidades y modificarán los mecanismos institucionales de acceso a recursos. En corto: mayor desigualdad, pobreza e incertidumbre.

Una dimensión fundamental de discusión deben ser las ciudades. Las desigualdades intraurbanas son alarmantes, y requieren ser adecuadamente diagnosticadas, comprendidas y ubicadas como un eje de política social urbana. Seamos claros: la política urbana, tal como la hemos conocido, ha fracasado (desde antes de esta pandemia). Ya sea por la capacidad estatal, la ausencia de marcos generales sobre el tema (no existe en el país una política nacional de desarrollo urbano o un plan metropolitano de Lima) o por las distintas coyunturas políticas del país en las últimas décadas. Podemos elegir alguna de estas razones o todas, el resultado es el mismo. La pandemia vuelve visible e intensifica condiciones preexistentes. Las condiciones que hoy son alarmantes -como el nivel de hacinamiento, o la pobreza urbana que ni aparece en los mapas o padrones- no son nuevas. Son parte central de nuestro modelo de urbanización.

La vivienda, junto con los mercados laborales, es uno de los ejes centrales de estas desigualdades. La cuarentena enseña que la vivienda no es la ciudad. Necesitamos del desplazamiento, ritmo e interacción. Pero, al mismo tiempo, impone una lección sobre la importancia, y carácter público y social de la vivienda. Tres componentes son básicos: localización, condiciones y seguridad. El crecimiento de Lima o casi cualquier ciudad, se sustenta en la reproducción constante de nuevas periferias: nuevas viviendas precarias o de baja calidad en los límites de la ciudad, reclamando soluciones al acceso a servicios y la mitigación de riesgos. Sobre las condiciones, en Lima y el Callao 437 mil viviendas tienen características físicas inadecuadas, 71 mil no cuentan con servicios higiénicos, casi 150 mil dependen de camiones o cisternas para tener agua, y 800 mil presentan situaciones de hacinamiento (el lema “quédate en casa” como ironía).

Y la seguridad de seguir habitando una vivienda -ya sea por estar en una situación irregular o bajo modalidad de alquiler- seguirá siendo un problema invisible, aunque cada vez más cotidiano. Casi 1 de 4 viviendas en Lima es “alquilada”. Simplifiquemos la “foto”. En un extremo, se encuentran aquellos que tienen contratos de alquiler debidamente registrados y pagan impuestos. Lo urgente, sin embargo, se encuentra en el otro extremo: alquileres informales, garantizados, principalmente, por acuerdos verbales entre las partes, y donde la forma de resolución ante problemas es la negociación o la violencia. El desalojo es una opción de resolución de estos conflictos, asociado a condiciones estructurales y sobre el cual el Estado ha hecho muy poco en el pasado. Noticias sobre desalojos de inquilinos nacionales y extranjeros, o altercados frente a la falta de pago del alquiler pueden llegar a ser cada vez más comunes. Para lo cual se requiere con urgente intervención del Estado.

Otro eje relevante es la movilidad. Las ciudades son movimiento y localización, siempre al mismo tiempo y en distintas escalas. Las condiciones de movilidad son también parte de nuestro modelo de ciudad. La movilidad es el eje central de cualquier estrategia para enfrentar el inevitable fin de la cuarentena: ¿Cómo se moviliza la población intra e inter escalas (el barrio, distrito, ciudad, regiones)? ¿cómo mejorar en unas semanas un sistema de transporte que ha acumulado fallas durante décadas? Sin acciones públicas, la movilidad reproducirá desigualdades. Y el lema imperante de “cada uno como pueda” es solo la renuncia de tratarlo como un asunto público.

Insisto: es difícil hacer predicciones sobre futuros concretos, y seguro se requiere mucha innovación y colaboración para encontrar “soluciones” a problemas que nos acompañan hace mucho. Sin embargo, quizá un punto de partida es reconocer la insuficiencia de pensar las salidas desde las experiencias exitosas de las zonas de alta renta o desde las intervenciones que ofrece el “urbanismo a la carta” (tan neoliberal diría V. Delgadillo) de la última década. En todo caso, lo que deberíamos preguntar, hoy mas que nunca, es porque estuvo fuera del debate público lo que hoy nos explota en la cara, y supuestamente nos toma por sorpresa. Parafraseando a A. Gorelik, pareciera que durante mucho tiempo (y muchos hasta ahora) gran parte de los estudios (activistas, académicos, gestión) urbanos construyeron una piscina “de natación de aguas calmas donde, en plena transformación turbulenta de la ciudad, la imaginación urbana nada en su impotencia”. Pese al pesimismo de estas épocas, ojalá logremos sacudir y volver a pensar el modelo de ciudad que queremos.