Noticias | 4 abril, 2025

Pasado, presente y futuro del fujimorismo: a 33 años del autogolpe del 5 de abril

Escrito por Jorge Aragón

A 33 años del autogolpe del 5 de abril de 1992, uno podría pensar que ya se ha dicho todo sobre su significado. Sin estar del todo seguro de poder aportar algo nuevo, me animo a intentarlo, planteando algunas ideas y preocupaciones sobre los legados de esos años que transformaron profundamente la política, la economía y la sociedad del Perú.

El punto de partida es este: el régimen que gobernó entre 1992 y el 2000, como todo autoritarismo, dejó una serie de herencias. Un régimen autoritario puede desaparecer, pero algo —o mucho—de él persiste e influye en el devenir del régimen que lo reemplaza. En nuestro caso, el sistema democrático reinstaurado en 2001, que tras más de dos décadas muestra signos claros de vaciamiento, agotamiento, retroceso, deterioro, etc.

Lo interesante es que estos legados adoptan diversas formas. Por ello, analizarlos implica mirar no solo el pasado autoritario de Alberto Fujimori, sino también los efectos que se proyectan hacia el presente y el futuro inmediato.

Durante estas tres décadas, la política peruana ha estado marcada por la polarización entre el fujimorismo y el antifujimorismo. Para los primeros, suele primar una evaluación positiva del gobierno de Fujimori, acompañada de indulgencia frente a sus errores o incluso de una defensa cerrada de su accionar autoritario. Para los segundos, el convencimiento de que el legado del 92 es el principal responsable de que el autoritarismo y la corrupción se hayan impuesto como culturas y prácticas hegemónicas en nuestro país.

Pero el fujimorismo no es solo una memoria: ha sido también una organización política con presencia constante en el Congreso desde 2006. Ya sea como mayoría o como una minoría bien articulada, ha ejercido una influencia decisiva en la política contemporánea. Como proyecto, representa un intento—hasta ahora fallido—de regresar al poder.

La posibilidad de un gobierno fujimorista en democracia forma parte central del debate sobre los legados autoritarios. El retorno al poder de una organización que justifica y reivindica lo hecho por Fujimori padre representa una dura prueba para nuestra democracia. Más allá de las reacciones de rechazo o entusiasmo que genera esta posibilidad, cabe preguntarse: ¿qué destino habría tenido un gobierno fujimorista? ¿Habría evitado los fracasos que marcaron a todos los gobiernos electos entre 2001 y 2021?

Volviendo a la idea de esa “prueba” que significaría el regreso del fujimorismo, hoy resulta evidente que no podemos ignorar el contexto político actual—ni el nacional ni el internacional. Lo que podría haber ocurrido en 2011 o 2016 dista mucho de lo que podría pasar en 2026. Un hipotético gobierno de Keiko Fujimori en el pasado habría enfrentado una oposición más organizada y un ambiente menos polarizado. Hoy, paradójicamente, el legado autoritario del fujimorismo parece más peligroso que hace diez o veinte años.

Paradójico también es que las posibilidades de un retorno del fujimorismo sean hoy menores. Muchas de sus propuestas ya no le pertenecen exclusivamente. En el reciente debate congresal sobre la censura al entonces ministro del Interior, vimos a fujimoristas y congresistas de otras bancadas —en especial Renovación Popular—coincidir sin matices: propusieron intervenir el Poder Judicial y el Ministerio Público, mintieron abiertamente, acusaron de cómplices de la delincuencia a quienes alertan sobre posibles abusos del Estado, propusieron salir de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y culparon a los “gobiernos caviares e izquierdistas” de Toledo, PPK (¿?), Vizcarra y Sagasti de todos los males del país.

Ironías de esta historia: los legados autoritarios del fujimorismo están hoy más presentes que nunca, pero sus principales herederos podrían quedar desplazados por nuevos actores o, en el mejor de los casos, convertirse simplemente en uno más entre quienes promueven una manera de entender la política donde no hay ningún espacio para acuerdos ni negociación, donde no hay lugar para los que piensan diferente.
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