Noticias | 23 marzo, 2020

Carta a las y los estudiantes en medio de una pandemia

Lima, 22 de marzo de 2020

Queridas y queridos estudiantes:

Vivimos momentos dramáticos e inciertos que nos producen una serie de sentimientos de extrañeza. Es difícil pensar sobre los cambios en nuestras formas de sociabilidad y nuestras vidas cuando todo se da al mismo tiempo, los cambios, nuestras adaptaciones, la incertidumbre y la vulnerabilidad. Aun no sabemos que nuevos modelos de gobierno, de sociabilidad y comunalidad se erigirán en la pandemia. La tecnopolítica es también puesta a prueba y es parte también de lo que comienza a usarse para contrarrestar los contagios, saber con quién estuviste, dónde te sentaste, qué hiciste. La vigilancia atemoriza, ¿no creen? Pero, no es algo nuevo. Ya sucede desde que nuestros teléfonos celulares siguen nuestros rastros y cuentan nuestros pasos y desde que tenemos cámaras de seguridad, es más se piden cámaras de seguridad para combatir la inseguridad de las calles. Y estas, entre tantas más, son las cosas que vamos a necesitar comprender, estudiar, investigar.

Llegué a la antropología atraída por la historia, la curiosidad de conocer otras formas de pensar y vivir. Esa pasión la conservo y rescato aún en estas circunstancias para pensar desde nuestra disciplina sobre cómo vamos a continuar de ahora en adelante. Los grandes debates en la Antropología partieron desde los fundamentos epistemológicos; su propia naturaleza de ser quedó contestada por el grupo de “Writing Culture” ( Marcus, Rabinow  Crapanzano, entre otros) al colocar/nos como sujetos en nuestros propios estudios, proponer la reflexividad como aspecto metodológico fundamental y comenzar a escribir desde la propia fragmentación. Lo cultural pasó a ser eso, la referencia a lo partido, siempre históricamente situado y siempre interpelado. El “giro ontológico” (Latour, Mol, De la Cadena...) nos devuelve a esas bases fundantes, a pensar en términos de las relaciones entre unos y otros, humanos y no humanos. Podemos llevar el argumento ontológico un poco más allá como hacen los del grupo de STC (Haraway,  Bruun Jensen…), pensar en términos de nuestras relaciones con estos otros mundos que como realidades múltiples se nos abren, se nos entrecruzan y hacen cosas, como diría Law.

No tenemos problemas en pasar de un universo a otro ya que hace tiempo lo estamos haciendo, navegamos entre virtualidades y realidades, son mundos, ensamblajes diversos que aprehendemos a través de distintas materialidades. Entiendo perfectamente que uno de los grandes problemas que conlleva la virtualidad es precisamente su polisemia, esta forma y potencia manifiesta de forma diversa y esa sensación de separación que plantea la propia mediación de la pantalla. Aprovechemos esta polisemia para pensarnos no desde lo que nos diferencia, que es como siempre hemos hecho para diseñar problemas de investigación e indagar antropológicamente, sino desde lo símil. Cuando discutimos la naturaleza del “campo” del trabajo de campo (Gupta y Ferguson), distinguimos los espacios, distinguimos sus sentidos y los significados que les dotamos porque nos genera una suerte de falsa sensación de “entrar” y “salir” del campo, de mantener la tan discutida objetividad científica.

Pero, lo símil no es lo igual, es lo parecido y es mucho más complicado comenzar a pensar desde aquí, y no digo agrupar personas como comunidades totales. No. Es pensar desde esas líneas que corren paralelas y parece que no se encuentran. Pero, que están ahí mirándose, haciéndose guiños. A veces parece que la virtualidad produce esa sensación de separación. Pero, seamos honestas y honestos, ¿cuántas veces usamos esa frase de la realidad es abrumadora o la realidad supera la ficción, o pensar en términos de fantasía?  Como los trabajos de Danny Miller muestran las redes sociales, por ejemplo, que tanto usamos a diario, no transformaron nuestras conductas, sino al contrario, fuimos nosotros, las humanas y humanos que dotamos a estas redes sociales de todas nuestras formas culturales e incluso los más perversos sentidos y muestras de racismo y discriminación.

En Antropología es ya mucho tiempo, décadas, que se viene trabajando desde, con, a través de lo virtual. Entrevistas mediadas por pantalla, grabaciones sonoras, foto elicitación, entrevista epistolar, investigaciones en Tinder, Twitter, Facebook…  Entre las técnicas de observación y participación están estos mundos entrecruzados y son ya décadas que estas técnicas nutren nuestras etnografías. Nuestros amados trabajos de campo presenciales, se extienden en chats de Whatsapp, grupos de Facebook, Instagram, Twitter. Las comunidades territorializadas en algún lugar del mundo, tienen también sus grupos en estos otros sistemas sociales y así continuamos con nuestras investigaciones mirando también que postean. El mundo de relaciones que tanto describe Marilyn Strathern para los habitantes de Mount Hagen en Papua Nueva Guinea, lo vemos ahora en cada momento de nuestra cotidianidad. Porque esa virtualidad es parte de nuestro día a día. Transitamos, como dice Boellstorff, entre estas realidades acostumbrados a esta sincronía de ver, sentir y conocer.  Todo ocurre ante nuestros ojos. Y las imágenes no quedan ahí, sino que luego siguen su vida social reproduciéndose como broma, meme o fake, o incluso quedando algún elemento que luego recordará la situación, como las colas de rata en los programas cómicos nacionales que hacen referencia a la corrupción en la política. ¿Qué nos dicen esas circularidades? ¿Cómo aprehenderlas etnográficamente? Ese será nuestro reto y es también lo que muchas y muchos investigadores en el mundo vienen desarrollando desde hace mucho tiempo (véanse los trabajos de Sarah Pink, John Postill, el grupo de medianthro).

Es cierto que no estamos acostumbradas a clases virtuales. Es cierto que vivimos en un país con una larga historia de desigualdades persistentes. Es cierto que no todos/todas dominamos la tecnología de la misma manera, como que no tenemos los mismos recursos. Se aprende en el aula como se aprende en los libros, como se aprende en los diálogos y en las conversaciones. Y créanme, qué si algo puedo valorar en toda esta crisis espantosa, es el volver a la conversación como la forma más básica de comunalidad, a valorarla y buscarla a través de todas las plataformas que comienzo a indagar para escuchar y ver a esas personas que quiero y que no puedo tener cerca, a mi lado. No es cierto que una clase virtual sea fácil o menos elaborada. Al contrario, una novata como yo encuentra que es repensar la forma de interacción, los ejercicios planteados, las lecturas. Es volver a nuestro libro “Coquito” para aprender a leer y escribir porque es hacerlo en otros formatos, diferentes repertorios y con otros recursos. Estamos aprendiendo. Estamos aprendiendo todas y todos en un contexto que no es el mejor porque este es un tiempo incierto. Y es natural estar llenas de temores, de miedos viendo como nuestras economías domésticas serán gravemente afectadas. Es mi propia situación. Es nuestra propia situación.

Aprovechemos para sublevarnos a nuestro individualismo egoísta, regocijo del mas salvaje capitalismo; busquemos nuestra comunalidad y veamos como ayudarnos unas y unos a otros, a otras. Intentemos hacer las cosas juntas y juntos. Si hay quienes no acceden a tener los recursos tecnológicos, veamos las formas de hacer que sus compañeras y compañeros también puedan recibir las lecturas, participar en las conversaciones y discusiones grupales. Al menos es lo que pretendo/pretendemos hacer: ayudarlas y ayudarlos, como siempre he/mos intentado hacerlo. Rescatar estas bases de comunalidad es fundamental para nuestra propia sobrevivencia en momentos tan duros. Las bases materiales, diría el buen Carlitos Marx, necesitan quebrarse. Entonces hagámoslo. El mundo no volverá a ser el mismo, tampoco nuestros pequeños mundos. Busquemos, entonces, juntas y juntos, las mejores maneras de hacerlo nuestro.

María Eugenia Ulfe

Profesora principal, Departamento de Ciencias Sociales

Pontificia Universidad Católica del Perú